Cuando a los 20 años de edad, me convertí en católico, me sentí tan enamorado de Dios que parecía un muchacho recién casado, fuera de si mismo. Era yo, en ese tiempo, cadete en una academia militar en Nueva York y los demás cadetes, percibiendo que me transportaba a otras dimensiones de felicidad, me bautizaron como el “space-cadet” el cadete-astronauta. Algunos se burlaban de mí. Pero no importaba, era la época de mi vida más saturada de la experiencia del amor de Dios. Tanto así, que me llenó de alegría, paz y anhelos permanecer cerca de él.
Si me preguntan, “¿Peter, cuál es la razón por la cuál te convertiste en católico?,” respondo: el Espíritu Santo llenó mi vida y realizó en mi lo que me venía enseñando desde mi infancia. Cristo se me reveló como una Persona real, confiable y capaz de satisfacerme mi vida como ningún ser humano.